Ahí viene el lobo


Purificación Carpinteyro
10-marzo-2011

Hace tiempo que los tambores de guerra comenzaron a batir, pero el Estado, específicamente los poderes Ejecutivo y Legislativo federales, prefirió hacer caso omiso a las alertas, secretamente deseando que el estallido no ocurriese durante su gestión. Ni el Legislativo legisló ni el Ejecutivo ejecutó, abdicando a su deber de establecer las leyes y marcar directrices y políticas para el desarrollo del más pujante sector de la economía nacional, y el más crítico para la competitividad del país: las telecomunicaciones.
La confrontación que estamos presenciando no surgió espontáneamente, sino que es resultado del embate que desde hace tiempo libran en forma menos pública los más poderosos grupos empresariales. Dos reyes que dominan, cada uno su parte, lo que hasta hace poco eran dos mercados. Y si hoy se mantiene la separación desde un punto de vista meramente formal, es por las barreras artificiales creadas por la regulación, que impiden a uno competir con el otro en condiciones de igualdad y en terrenos nivelados.

Actualmente cualquier red de transmisión de señales -llámese red telefónica fija o móvil, red coaxial de televisión por cable, comunicación satelital o de radiodifusión- es técnicamente capaz de transmitir voz, audio y video, convertidas en información codificada en un sistema binario, de ceros y unos (prendido o apagado): el digital. Por ello, cualquiera que detente una red de transmisión de comunicaciones tiene el potencial de prestar todos los servicios, desde telefonía hasta televisión, pasando por la cada día más relevante internet.

Es claro que esta conflagración es una guerra a muerte por la hegemonía: es el interés de uno por prevalecer frente al otro, acaparando el poder económico y político que la dominancia del sector conlleva. El resto de los jugadores se alinean con unos o con otros, dependiendo su posición como competidores en esos mercados.

Es obvio que los operadores de telecomunicaciones y las empresas de cable se alinearían en un frente contra su rival: el binomio Telmex/Telcel. Los primeros, como Axtel-Avantel, Marcatel, Iusacell y Nextel, por la necesidad de establecer condiciones para la competitividad en un mercado que Telmex domina sin cuestionamientos, y de cuya red pende la subsistencia de esos grupos; y el resto, encabezado por Televisa y TV Azteca, que marginalmente compiten en telecomunicaciones, pero que fundamentalmente buscan impedir a cualquier costo la competencia de Telmex en el mercado de la televisión, para lo que echan mano del argumento las prácticas monopólicas. Es decir, el burro hablando de orejas.

En este último grupo, además de Televisa y TV Azteca, se encuentran las subsidiarias de la primera: Cablevisión, Cablemás y TVI, además de otros operadores de cable más pequeños, que ni siquiera prestan servicios de telecomunicaciones -por lo que la interconexión ni les va ni les viene-.

Pero el problema ya trasciende y, sin importar quién inició la guerra, no son buenos los augurios para el país. El reciente anuncio de Telmex de su plan de dividirse en dos compañías, una de las cuales -Telmex Social- se dedicará a prestar servicios en las áreas rurales y marginadas, es una bomba atómica de efectos potencialmente devastadores para el país. Es tanto como anunciar que se separará la carne del hueso, para llevarse el filete y dejarle el hueso al Estado.

Pero como todo, este plan ya había sido anunciado. En un extenso artículo publicado por The New Yorker, en su edición de junio 2009, Lawrence Wright narra la reunión entre el presidente Felipe Calderón y Carlos Slim en Los Pinos, que se llevó a cabo en marzo de 2008. Wright escribió que en el encuentro, Slim amenazó con vender Telmex; algo que Slim negó aduciendo que lo que dijo fue: “Díganme lo que quieren. Si quieren que venda, está bien. Si quieren que nos dividamos en dos o tres partes, también”. Añadiendo: “Lo único que no voy a hacer es destruir Telmex”.

Tres años después, Telmex ha decidido partirse en dos y crear Telmex Social, dividiendo activos, pasivos y capital entre las empresas resultantes; y pese a lo que puedan opinar otros mejor pensados, este anuncio trae malas noticias para el país. No es cuestión de transparencia en los costos de atender a las poblaciones marginadas, ni de favorecerlas con mayores inversiones. Esta decisión facilitará ejecutar el plan expuesto por Slim en aquella mítica reunión: dividir la empresa, para repartir el filete y abandonar el hueso.

La siguiente pregunta es ¿habrá alguien interesado en comprar a Telmex Social?
Este artículo fue publicado en Reforma el 10 de marzo de 2011, agradecemos a la autora su permiso para publicarlo en nuestra página web.

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Acerca de juliomoa

Tres décadas dedicado al ejercicio del periodismo.
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