Internet en nuestras vidas

12 de agosto, 2011
Sergio Octavio Contreras (*)

En la década reciente, el término Internet se ha vinculado con una gran cantidad de impactos sobre la base de la cultura humana: verticalidad, retroalimentación, identidad global, comunidad virtual, trabajo flexible, movimientos civiles en línea, nuevos medios de comunicación, etcétera. En pocos años la nueva tecnología se ha vuelto parte de la vida diaria de millones de personas, como una necesidad de la propia existencia. ¿Hasta qué punto Internet y las innovaciones que derivaron de esta tecnología han modificado a la sociedad? ¿Cómo ha penetrado la red en la economía, la política o la educación? ¿Somos una aldea global o vivimos en islas conectadas separadas por océanos de marginación? Teóricos, futurólogos y sociólogos han planteado que la época actual quizá atraviesa por una nueva revolución tecnológica y de mayor magnitud que la Industrial.

Por otro lado, algunos estudios empíricos demuestran que la penetración de Internet en la mayoría de las esferas humanas puede convertirse en un problema, como sería la adicción o emancipación laboral, pero también para la forma en como la mente humana procesa la información. Durante siglos, el libro y su forma de uso fueron determinantes para la lectura lineal, ahora el googlear puede precipitar a los cerebros a un consumo más vasto de información, pero sin ilación.1

La red no sólo es un sistema electrónico que pertenece a la llamada “nueva economía”, tampoco es un espacio de comunicación entre personas; los estudios científicos sobre el impacto en la vida humana demuestran, que más allá de los ámbitos productivos y laborales, Internet modifica las condiciones de vida y los hábitos de los internautas.

Algunas investigaciones empíricas apuntan a una visión diferente de Internet, no como una tecnología sino como una forma de vida. En 1993, cuando se liberó la www al mundo, sólo tenían acceso determinadas clases sociales especializadas o económicas; sin embargo, el crecimiento exponencial de la red, al pasar de menos de 2 millones de usuarios en 1994 a casi 2 mil 100 millones de cibernautas en 2011, demuestra que la red dejó de ser una tecnología para “una cultura sofisticada”.

Los recientes datos estadísticos sobre la penetración de Internet demuestran que, a escala global, es utilizado por 30.2% de los habitantes del planeta, con una tasa de crecimiento anual de 480.4%. Las regiones con mayor número de internautas son Asia, con 922 millones; Europa, con 476 millones; Norteamérica, con 272 millones; Latinoamérica, con 215 millones; África, con 118 millones; y Oceanía, con 21 millones.2

Un ejemplo de la poderosa penetración de la red en las sociedades se puede medir en China. En el año 2000 ese país contaba con 22 millones de usuarios y actualmente es la región con mayor número de cibernautas en el mundo: 477 millones, con una penetración en la población de 35.7% y una tasa de crecimiento anual de 2 mil por ciento.

Es complejo intentar comprender que un usuario promedio puede pasar 66 horas al mes navegando en Internet, que la comunidad agrega 20 horas de videos a YouTube cada minuto, que una tercera parte de los trabajadores de oficinas admite utilizar parte de su tiempo laboral para charlar con sus conocidos y descargar música de la web, mientras en el mundo son enviados cada día 300 millones de correos electrónicos, de los cuales 80% son “correos basura”.

Investigaciones sobre la transformación de Internet en nuestra vida diaria han llevado a teóricos y sociólogos a definir la época actual como una sociedad de la información, desconectada del espacio real y reconectada por la tecnología en red. Teorías como las enarboladas por Barry Wellman definen las nuevas relaciones humanas como la “cibersociedad”3, es decir, un grupo heterogéneo de personas que tiene la posibilidad y el conocimiento para acceder a la red sin necesidad de desplazarse físicamente. El resto de la población sin acceso permanece en la marginación.

Esta brecha digital debe ser tomada en cuenta si 70% de la población del planeta no está conectada a las nuevas tecnologías. ¿Qué implicaciones tiene para las sociedades marginadas la desconexión de Internet? Desde los primeros estudios sobre la red se advertía esta fragmentación, donde los inforricos separan su vida diaria a través de la vida en línea (Rheingold, 1993) o más allá, como lo definió Sherry Turkle: “Internet posibilita un segundo ya que se expande a través de las pantallas de las computadoras”.4

Estudios como el realizado por Ben Anderson y Karina Trace5 sobre el impacto de Internet en la vida de los británicos demostraron empíricamente que la telecomunicación y el teléfono móvil modifican a los seres humanos. La investigación realizada a un grupo social reveló que los usos y las aplicaciones que hace la gente que utiliza Internet es variable de acuerdo con los recursos y las fuentes que tienen a su alcance. Existe una triangulación entre las nuevas tecnologías: quien usa la red tiene por lo general acceso al teléfono móvil y a otros artefactos como la televisión digital o los videojuegos. Parte de nuestro tiempo en la existencia diaria transita por las triangulaciones de las redes digitales.

Otro ejemplo lo podemos encontrar en los cambios que ha generado Internet en la escuela, el trabajo y los hogares. Con la red, los profesionistas pueden desempeñar un trabajo flexible sin necesidad de salir de sus casas. Un estudio realizado por Janet W. Salaff6 sobre las modificaciones en la vida laboral de los ciudadanos, demostró que existen cambios profundos entre el llamado “trabajo gerencial” y el “trabajo en línea”. El profesionista flexible debe utilizar su tiempo en casa para trabajar, pero al mismo tiempo para convivir con la familia y para comunicarse con sus colegas. Juega distintos roles y requiere más tiempo y dedicación que quien ejerce un trabajo gerencial.

En México, esta posibilidad de desdoblar una segunda vida en línea también permite cambios en las estructuras tradicionales de trabajo. Paulatinamente, el uso de Internet de banda ancha, la telefonía móvil y la conexión a todo tipo de artefactos en red, se ha convertido en una necesidad para el trabajo y no en un lujo para la sociedad que está conectada. Las nuevas tecnologías penetran lentamente en los procesos del sistema productivo y en el mismo valor de los objetos.

Uno de los primeros estudios sobre el impacto de Internet en la vida comunitaria se realizó a finales de los años 90 del siglo pasado en la zona residencial Netville, ubicada en el área de Toronto, donde vendedores de casas ofrecían una red local de banda ancha y libre acceso al navegador con alta velocidad, videoteléfono, discos virtuales, juegos online y un foro electrónico para el debate de los residentes que permitía el intercambio libre de mensajes.7

Netville se convirtió posteriormente en un proyecto de investigación que duró casi dos años, en el que se analizaron las diferencias entre 64 viviendas conectadas a la red y 45 desconectadas. Los resultados demostraron que si bien ambos grupos de residentes mantenían estilos de vida similares, lo que era diferente tenía que ver con la estructura social interna. Los residentes conectados reconocían tres veces más a sus vecinos y tenían más comunicación con ellos que los no conectados. Los conectados hablaban más del doble de veces con sus vecinos y realizaban 50% más de visitas a sus domicilios, además tenían más comunicación telefónica y por correo electrónico que quienes no estaban conectados.

Pero no sólo las transformaciones dentro de espacios controlados como el experimento Netville pueden medir las modificaciones que genera la comunicación en red. En el exterior han quedado rebasados los experimentos de laboratorio con expresiones civiles organizadas a partir de las redes. Hay casos ejemplares como los movimientos ciudadanos contra el cambio climático, como el organismo Stop Climate (www.stopclimatechaos.org) creado en 2005 y que aglutina a más de 70 organizaciones no gubernamentales; Friends of the Earth (www.foei.org) o World Wildlife Fund (www.worldwildlife.org), que opera más de 2 mil proyectos de conservación ambiental. Estos movimientos civiles logran unirse gracias a la comunicación que ofrece Internet.8

En el caso de México, Internet parece reconfigurar la vida de las personas. Los niños, adolescentes y jóvenes ahora viven a través del chat, se conectan en Facebook, publican un twitt, consultan sus bandejas desde el teléfono móvil, toman fotografía y video para después distribuirlo a la comunidad red. Pueden mantener contacto a cualquier hora del día con sus amigos y sus familiares.

Parece que al menos la sociedad conectada llega a un estado de conexión perpetua.

Esta conectividad da la posibilidad a las personas de relacionarse sin necesidad de reunirse previamente en un lugar físico para tomar un punto de acuerdo. Desde que comenzó la narcoguerra en 2006 ha ocurrido en varios estados de México la movilización social a partir de Internet contra la inseguridad que genera la lucha entre cárteles de la droga y el gobierno federal. Los usuarios de la red han registrado a través de las nuevas tecnologías lo que sucede en las calles sin necesidad de leerlo en un periódico o a verlo en el televisor (etcétera 124).

Internet no solamente ha cambiado nuestras formas de comunicación e interacción social sino también aspectos profundos de la personalidad. El pasado mes de julio, la prestigiada revista Science (www.sciencemag.org) publicó un estudio de la psicóloga Betsy Sparrow, profesora adjunta de la Universidad de Columbia, quien con base en su experiencia en el campo de la historia del cine y el conocimiento de los nombres de actores, se dio cuenta del cambio de recepción que existe en las nuevas generaciones.

La investigación establece que Google como motor de búsqueda de Internet se ha convertido en la “memoria externa” de nuestro cerebro, con el cual los seres humanos que permanecen ligados al cordón umbilical de la tecnología pierden concentración y datos, aunque ganan nuevas competencias para buscar información en la nube. En 1985, el psicólogo Daniel Wegner desarrolló la teoría llamada “Memoria transitiva”, en la que los grupos colectivos reciben, almacenan y vuelven a recuperar determinado conocimiento, como es el caso de una pareja donde el marido recuerda determinadas fechas y la esposa otras, sin que esto signifique que lleguen a ocupar más espacios de ambas memorias. Bajo esta premisa, Sparrow realizó una investigación a un centenar de cibernautas a fin de conocer qué papel juega la red en la memoria humana, encontrando los siguientes resultados: 9

a) Cuando los cibernautas desconocen la respuesta a una pregunta, lo primero que piensan es en el buscador de Google para encontrarla.

b) El grupo a prueba no recordaba bien la respuesta cuando sabían que la información estaría disponible en otro momento o que podrían volver a buscarla en la red.

c) Los internautas no recordaron con certeza cómo fue que conocen o saben determinada información que obtuvieron de Internet.

Las conclusiones de la investigación demostraron en este caso empírico que los usuarios de la red utilizan Internet y las computadoras como un “banco personal de datos” al que pueden acceder para encontrar o recordar determinada información. La memoria está en Internet y parece sustituir parte de la nuestra. El estudio reveló que los usuarios de la red cada vez memorizan menos datos, fechas y lugares, porque están seguros que mediante la red los recordarán.

Internet como extensión mcluhiana de nuestros cerebros parece reconfigurar la vida diaria de los integrantes de la sociedad red, cambiando nuestros hábitos, extendiendo o acortando el tiempo, predeterminando parte de las actividades cotidianas, modificando las horas de sueño, el trabajo y los mecanismos de comprensión del mundo. Internet es parte de nuestra vida diaria, es un recurso, es una necesidad, y cada día que pasamos conectados a esta tecnología nuestra relación con la red se vuelve más íntima

Nota

1 Nicholas, Carr. Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? Editorial Taurus, 2010. p.25-27

2 Cifras correspondientes al informe de marzo de 2011 de Internet World Stats (www.internetworldstats.com).

3 Para mayor información sobre las investigaciones de Barry Wellman visitar el sitio http://homes.chass.utoronto.ca/~wellman/

4 Turkle, Sherry. La vida en la pantalla: identidad en la Era de la Internet. Editorial Paidós. Barcelona, 1997.

5 Anderson, Ben y Tracey, Karina. “Digital Living: the impact (or Otherwise) of the Internet on Everyday Life”. American Behavioral Scientist. Noviembre 2001, p. 456-475.

6 Wellman, Barry y Haythornthwaite, Caroline. The Internet in Everyday Life. Blackwelll Publishing. United Kingdom, 2003. p. 464-495

7 Castells, Manuel. La Sociedad Red: una visión global. Alianza Editorial. Madrid 2006. p. 286-287.

8 Castells, Manuel. Comunicación y poder. Alianza Editorial. Madrid 2010. p. 427.

9 Sparrow, Betsy. “Google Effects on Memory: Cognitive consequences of having information at our fingertips”. Science Magazine, 15 de Julio de 2011. (www.sciencemag.org).

(*) Sergio Octavio Contreras es especialista en sociedad de la información por la Universidad Oberta de Cataluña (UOC); y profesor de posgrado en comunicación en la Universidad La Salle Bajío, UNIVA, UNID, UPN y UC de Aguascalientes.

ver nota original aquí

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