Periodismo basura

Sociedad y poder
Un blog de Raúl Trejo Delarbre

El lindero que separa la vida pública de la vida privada puede ser oscilante, en ocasiones puede parecer quebradizo incluso, pero nunca es tan impreciso que pueda resultar equívoco. El hecho de ser personajes con responsabilidades o visibilidad públicas no implica que la vida privada de los políticos, los artistas o los periodistas tenga que ser del dominio público. Los códigos de ética, las leyes que protegen derechos de las personas y el respeto a sus audiencias, suelen orientar a los medios cuando están en el dilema de publicar o no una información relacionada con la vida privada de algún ciudadano con visibilidad pública.

Por eso, cuando un pasquín dedicado a la explotación del escándalo publica fotografías en las que se dice aparece un conductor de noticieros en un asunto estrictamente personal, podemos alarmarnos pero no sorprendernos porque hace rato ya que ese tipo de revistas, que no son ajenas al ámbito de influencia de las televisoras, se empeñan en lucrar con el fisgoneo y la murmuración. La simpleza de no pocos lectores, pero también el eco que ese chismorreo encuentra en la televisión y la radio, explica el triste éxito de esos pasquines.

Pero cuando una de esas notas pasa a la primera plana de uno de los periódicos más relevantes del país, allí tenemos una expresión del deterioro profesional, la ausencia de parámetros éticos y la preponderancia de la murmuración por encima de la información que se trasmina a medios de toda índole.

En otras ocasiones, he subrayado la desvergüenza de Televisa al emprender contra el periódico Reforma una campaña que desbordaba gazmoñería y no reparaba en sus propios excesos, como la que levantó contra los anuncios clasificados de servicios sexuales. Ahora Reforma incurre en una conducta semejante, al presentar como noticia una información que a sus editores no les habría interesado si no les sirviera para contender dentro de la disputa por hegemonías mediáticas.

Ya sabíamos que en Reforma, como por desgracia en muchos otros medios, la ética y el respeto a las personas son valores tornadizos según intereses circunstanciales.

El tratamiento que este asunto ha recibido en las redes sociales amerita un comentario adicional. ¡Cuánta intolerancia, qué fundamentalista afán persecutorio y, sobre todo, qué moralismo tan elemental han demostrado centenares de twitteros para referirse a ese episodio!

El desempeño profesional del periodista Carlos Loret de Mola puede ser discutible, y lo es desde que se trata de una actividad que se desarrolla de cara al público. Su vida privada no es asunto nuestro, ni tendría que serlo de nadie más si no estuviéramos en presencia del desplazamiento de la información, por la murmuración.

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Acerca de juliomoa

Tres décadas dedicado al ejercicio del periodismo.
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