Granados Chapa, la palabra exacta

Por Humberto Musacchio
Periodista, colaborador de Excélsior y autor de
varios diccionarios enciclopédicos sobre México

(Las siguientes palabras fueron leídas en la ceremonia realizada el 8 de diciembre por los 85 años de Radio Educación, acto en el que Alonso Lujambio, secretario de Educación Pública, entregó a Miguel Ángel Granados Chapa la Medalla José Vasconcelos)

Por más de cuatro décadas Miguel Ángel Granados Chapa ha sido una presencia indispensable en el periodismo, campo que ha recorrido completo y en el que se ha desempeñado en las más diversas especialidades, si bien se le reconoce sobre todo por la excelencia de su Plaza Pública.

En los sesenta, durante los meses en que Miguel Ángel trabajó para Crucero, el semanario que dirigió don Manuel Buendía, unos reportajes sobre el MURO le valieron ser secuestrado y golpeado por ese grupo fascista, acción que contó con poderosos protectores y se mantuvo en la impunidad.

Después, en los años dorados de Excélsior, nuestro personaje se convirtió en protagonista del periodismo nacional o, más precisamente, de la siempre tensa relación entre prensa y poder, ámbitos a los que caben responsabilidades diversas y enfoques distintos, funciones que se desenvuelven, una, frente a la sociedad, y la otra desde la sociedad misma.

Donde primero brilló Miguel Ángel fue en Últimas Noticias. Ahí, muy pronto sus artículos se convirtieron en referencia indispensable, pues mostraban una sólida formación académica, memoria enciclopédica, la más amplia información sobre los asuntos del día y una inteligencia capaz de articular coherentemente sus datos y guiar sus intuiciones.

Ya entonces, como ahora, se podía decir que su prosa era como su persona: contundente pero medida; propia, precisa y directa; sencilla pero no exenta de gracia y siempre ajena a todo exceso retórico, lo que constituye un apetitoso platillo para los lectores, pese a que algunas veces espolvorea aquí y allá palabras poco comunes y giros arcaizantes.

Desde sus tiempos de estudiante ya llevaba invariablemente traje y chaleco con la infaltable corbata. Por esa su austera formalidad para vestir, preferentemente de color oscuro o gris, alguna vez Elena Poniatowska lo llamó en broma “el notario”. Le atinó. De varias maneras, Granados Chapa es el hombre que lleva el inventario de nuestras realidades, que conoce el legado de otras generaciones y sabe a quiénes corresponde. Es, ciertamente, el fedatario de nuestros haberes y deberes colectivos, y de todo eso deja testimonio diario.

También lo han llamado “el señor Constitución” por la tendencia a respaldar sus argumentos en textos y principios jurídicos. Y en efecto, la suya es una labor guiada por un firme respeto a las leyes, lo que no es poca cosa frente a la siempre inacabada construcción del Estado de derecho y en lo que él llama “un entorno viciado por la frecuente vulneración del orden jurídico”.

Hay, pues, una cabal sintonía entre el comunicador y el ciudadano llamado Miguel Ángel Granados Chapa, quien, frente a las tentaciones ilegítimas que nacen en la borrosa frontera entre el interés público y el privado, ha sabido oponer un poderoso muro ético construido sobre todo con la guía de doña Florinda Chapa Díaz, la madre y maestra ejemplar.

Precisamente por esa poderosa influencia materna, Miguel Ángel es un hombre de trabajo. Lo mostraba en forma impresionante cuando debía cumplir alguna misión periodística o simplemente iba a salir de vacaciones. Entonces solía escribir en un día o dos, sin desatender otras funciones, las 10, 15 o 20 Plazas Públicas suficientes para llenar su espacio en ausencia.

Y lo hacía tan bien, que días después los lectores no podían suponer que el hombre andaba de viaje y que el texto que se publicaba había sido escrito varias semanas antes.

Sólo así, con su memoria prodigiosa y su articulada inteligencia, es que puede entenderse esa facilidad para soltar de un golpe, escrito velozmente con sólo dos dedos de cada mano, todo un tejido argumental a favor o en contra de una causa o de un actor político. Sólo así puede aceptarse que haya sido capaz, cuando tenía unos 25 años, de dictarle su tesis profesional a una secretaria a la que no permitió tomar sus palabras en taquigrafía ni hacer un borrador, sino que directamente, en la máquina de escribir, la puso a picar los esténciles con los que habría de imprimir en mimeógrafo su tesis, titulada algo pomposamente Hacia una ciencia de la información.

Un hombre con esa capacidad de trabajo despierta sospechas. Por eso no falta quien haya llegado a creer que Miguel Ángel Granados Chapa es una empresa para la que trabaja un ejército de secretarios, archivistas, procesadores de información y redactores de la célebre Plaza Pública. Pero no, Granados Chapa no es una fábrica ni una razón social, aunque a veces lo parezca por el monto y la elevada calidad de su producción.

Lleva en la cabeza, sin libreta y sin apuntes, una saturada agenda que lo pone a entrevistarse con tododiós, pues las relaciones públicas son parte indispensable del trabajo periodístico. Está al día en lo que a cine se refiere, asiste al teatro con frecuencia y disfruta de un buen concierto, especialmente si es de la Filarmónica de la UNAM. Capaz de repetir largos poemas tanto como la letra de viejas canciones yucatecas o de cuanto bolero se haya cantado alguna vez y hasta de las composiciones de Cri-Cri, alguien comentó que tenía el Cancionero Picot grabado en su disco duro, pues se sabe cientos de canciones que los amigos agradecemos que las diga, pero no que las cante.

Desde muy joven lleva un archivo en el que guarda información sobre personajes, hechos y dichos que en cualquier momento cobran relevancia y él espera utilizar los recortes que hay en ese caos de carpetas, letreros y otras indicaciones que difícilmente alguien puede entender, aunque siempre lo he visto trabajar atenido más a su sola memoria, que conserva las imágenes indispensables y tiene referencias cruzadas que le saltan cuando las necesita. Entre esas referencias están las dejadas por los libros, por un insaciable afán de lectura. Es un lector muy rápido y capaz de retener todo lo importante de cada página por la que pasa, está al día en lo referente a novedades editoriales y además de obras de reportaje, biografías y otros géneros de tema informativo, suele devorar novelas y poesía. La letra y la tinta son su necesidad y su placer, su razón de ser y la meta de sus afanes, alfa y omega de una vida dedicada a servir mediante la letra impresa.

El periodismo es una actividad eminentemente colectiva, pero son sus oficiantes más dotados los que marcan el tono de una época, los que recogen sentires y pesares comunitarios, los que proyectan con mayor fuerza la voz de la sociedad e incluso de la nación. Tal es el caso de Miguel Ángel Granados Chapa y es un privilegio ser sus lectores y compartir con él un trozo sustancial de la historia mexicana.

Celebremos al periodista ejemplar y celebrémonos porque nos permite beber el café de las mañanas con la claridad de su palabra exacta.
Muchas gracias.

Ver original aquí

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Acerca de juliomoa

Tres décadas dedicado al ejercicio del periodismo.
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