Leer es protestar


Sociedad y Poder
Raúl Trejo Delarbre

En medio de un panorama nacional plagado de crímenes, los dislates bibliográficos de Enrique Peña Nieto contribuyeron a relajar el ánimo de la sociedad más activa –que suele ser la más crítica–. Algunos defensores del precandidato priista, la mayoría inopinados aunque tal vez no improvisados, se apresuraron a decir que el sarcasmo en las redes sociales fue exagerado, que un tropiezo cualquiera lo tiene, que la capacidad para gobernar no depende de los libros leídos.

Me detengo en ese argumento. El oficio de gobernar requiere de inteligencia política, aptitud decisoria, talante negociador, ideas claras y, en estas épocas de sociedades irremediablemente plurales, paciencia y tolerancia. Tales virtudes no se adquieren automáticamente en los libros. Pero la lectura no solamente no estorba sino que, en numerosas ocasiones, resulta necesaria para obtener y cultivar esos atributos.

A todos se nos olvidan autores e incluso tramas de muchos libros. Pero a Peña Nieto, en su desventurada comparecencia en la FIL tapatía, no le preguntaron tres títulos al azar. Le pidieron que mencionara los tres libros que han marcado su biografía. Es como si nos preguntan los nombres de nuestros mejores amigos y las respuestas se nos cuatrapean.

No era una cuestión sencilla. Con la ventaja de varios días después del incidente en Guadalajara, yo no podría decir con toda certeza mis tres libros fundamentales. Depende del tramo de nuestra vida en el que pensemos, de la importancia que le demos a la formación profesional o al placer de la lectura, de nuestro estado de ánimo. Pero cualquier lector habitual sabría decir tres títulos y sus autores.

Lo preocupante con Peña Nieto no es que tenga paupérrima cultura o mala memoria literarias, sino su inhabilidad para articular una respuesta. En los angustiosos minutos profusamente propagados en YouTube, mostró uno de sus peores ángulos. No me refiero a su ignorancia bibliográfica sino a su inhabilidad cuando se aparta del guión que le han diseñado.

Ese es el candidato con más posibilidades de ser presidente de la República. Sus rivales no parecen tener mejores atributos. Josefina Vázquez Mota escribió Dios mío, hazme viuda por favor, una suerte de libro de autoayuda colmado de admoniciones optimistas. Pero es tan evidente que las letras no son lo suyo que la ahora precandidata panista, en esa obra (página 38) le atribuye a Jorge Luis Borges un poema que ese autor jamás escribió.

Andrés Manuel López Obrador aparece como autor de varios libros. Al menos varios de ellos son panfletos rebosantes de fundamentalismo, lejanos del peace and love que hoy predica ante la incredulidad de quienes llevamos varios años presenciando su proclividad a la (auto) exaltación.

Vaya, hasta Peña Nieto dice que escribió un libro. Cuando política y literatura se entrecruzan uno de sus engendros son los ghost writers. De todos modos es plausible que los candidatos escriban o suscriban libros, aunque no lean. Es mejor juzgarlos por lo que dejan impreso, aunque sus ademanes registrados en video sean tan ilustrativos como sucedió en la incursión del candidato priista en la Feria del Libro de Guadalajara.

Estuve en la FIL cuando Peña Nieto hacía su presentación. Había torrentes de admiradores suyos horas antes de que llegara; millares de ellos se quedaron sin entrar al auditorio y colmaron las áreas en donde había monitores para mirar esa conferencia. Algunos eran claramente acarreados, pero la mayoría eran jóvenes que parecían genuinamente entusiasmados. Puede ser la prematura seducción ejercida por el que ven a las puertas de El Poder, o el magnetismo que contagia la televisión. También sucede que, en Peña Nieto, muchos mexicanos quieren encontrar una opción ante los dislates del PAN y la desconfianza que a muchos nos causa el candidato del PRD.

Me temo que a gran parte de aquellos jóvenes que le aplaudían en la FIL no les inquieta el analfabetismo literario de Peña Nieto. A mí sí. La Constitución no exige que el presidente sea lector afanoso, pero el sentido común y la experiencia sugieren que un político que lee es menos malo que otro, iletrado.

Aquel que lee está mejor capacitado para entender a la vida y a la gente. El desapego por las letras suele ir de la mano con una mentalidad resignada o despótica. Ya decía Mario Vargas Llosa hace un año, al recibir el Nobel: “Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida”.

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Acerca de juliomoa

Tres décadas dedicado al ejercicio del periodismo.
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